Levantarse, ir a trabajar, comer, volver, limpiar la casa, dormir y al día siguiente más o menos lo mismo. Llega un momento en que la cotidianidad aburrida de la vida diaria parece empobrecer nuestra experiencia, deprimirnos o simplemente convertirnos en personas resignadas y poco ilusionadas.

Es por ello que cuando se presentan eventos extraordinarios (en el sentido estricto de la palabra, es decir, que difieren de lo ordinario), hay que aprovecharlos y sacarles el máximo jugo para convertirlos en pequeños detalles de experiencia vital que a la larga enriquezcan nuestra vida al máximo.

Puede ser algo tan sencillo como pintar nuestra habitación y aprovechar esta oportunidad para escribir en la pared nuestro poema favorito, o quizá una frase hermosa que hayamos visto “grafiteada” en alguna pared…¿qué tal algo como: “La vida es hermosa como un prisionero que se escapa”?

O quizá pueda ser algo mucho más definitivo, como seleccionar los anillos de pedida para nuestra boda. O decidir tener un hijo. Lo importante en sí no es la dimensión del evento, es la importancia que le demos y el tiempo que le dediquemos a convertirlo en algo significativo y relevante, que nos llene la mente de recuerdos hermosos y que nos permita construir un entorno emocional lleno de picos extraordinarios que pinten de colores nuestra experiencia cotidiana.

En sí estamos hablando de una actitud para enfrentar cada pequeño suceso que pueda ser importante, divertido o que pueda marcar nuestra experiencia de alguna forma. Es una actitud de constante aprendizaje y de no perder nuestra capacidad de sorprendernos ante los pequeños detalles de la vida: encontrar un animalito callejero y rescatarlo, plantar una flor, cocinar una deliciosa torta…

La vida puede ser tan aburrida o tan emocionante como nosotros queramos verla. Y si está en nosotros la decisión, pues qué mejor de tomar cada detalle cotidiano y convertirlo en algo extraordinario.